En un mundo repleto de estantes brillantes y tentaciones preparadas, ¿quién no se ha preguntado alguna vez si lo que come realmente le alimenta… o simplemente le añade pesadez (en todos los sentidos)? Por suerte, a veces basta con un único gesto —simple pero valiente— para sentirnos más ligeros y llenos de energía. La historia de Steffan Rhys es la prueba viviente de que no todo está perdido entre etiquetas interminables y la química del supermercado.
El cambio radical (pero a medida humana) de Steffan
Steffan Rhys, periodista galés, decidió en marzo de 2024 hacer algo que muchos pensamos pero pocos nos atrevemos: eliminó los alimentos ultraprocesados de su vida. Así, dijo adiós a esas galletas industriales con nombres imposibles, postres repletos de ingredientes inpronunciables y platos preparados cuya lista más parece un problema matemático avanzado que una receta. ¿El resultado? En tan solo dos meses, perdió 5 kilos sin someterse a una dieta restrictiva, sin pesar cada gramo ni instalar en su móvil aplicaciones para registrar absolutamente todo lo que come. Mejor aún: ganó forma física y, ojo, mental.
No todo es blanco o negro: el matiz en la alimentación
A veces nos dejamos llevar por el entusiasmo y queremos borrar del mapa todo lo que tenga más de dos ingredientes. Steffan, sin embargo, no extremizó el cambio: pan, yogur natural y queso siguieron en su menú. ¿Por qué? Porque estar algo procesados no los convierte en villanos. La clave está en distinguir: un yogur natural es leche fermentada y bacterias saludables; pero añádele edulcorantes, almidón modificado o aromas artificiales… y ahí empieza la verdadera partida de química. ¡El diablo suele esconderse en los detalles!
Minimalismo gastronómico y trucos para no complicarse la vida
¿Sabes qué es lo más inspirador del método Steffan? Su sencillez. Nadie te pide que te vuelvas un chef ecológico ni que te encierres horas en la cocina. Vale con dar pequeños pasos hacia una comida de verdad, con productos básicos o con muy poco proceso industrial. Él mismo sigue comprando productos prácticos, pero prefiere las etiquetas que no parecen el guion de una saga de ciencia ficción. Leerlas, por cierto, le evita más de un mal trago.
- El truco preferido de Steffan: cambiar los platos preparados por combinaciones ultra-simples. ¿Ejemplo? Una lata de lentejas, algunas verduras (frescas o congeladas), un chorrito de aceite de oliva… ¡y listo!
- ¿Quieres proteína? Pues añade un huevo, unas sardinas de lata o restos de pollo asado. Así te sale una comida completa y saciante, sin aditivos que nadie pidió.
Pero, y es importante subrayarlo, olvídate de la obsesión por la perfección. El propio Steffan reconoce que alguna vez peca. Lo relevante es la tendencia general, no la disciplina militar. Porque el bienestar sostenible no nació para torturarnos.
Una vuelta a lo esencial… y a la energía vital
¿Quién dijo que para recuperar la vitalidad hay que resignarse o contar cada caloría? Según demuestra Steffan, es posible sentirse más ágil —de cuerpo y de mente— con solo abrir bien los ojos a lo que ponemos en el plato. A veces echar la vista atrás, apostar por una alimentación más auténtica y sencilla, puede ser todo lo que necesitamos. Basta con dar pequeños giros que nos acerquen a productos que reconocemos, entender lo que comemos y (si puede ser) disfrutarlo. Después de todo, cocinar y compartir no es solo una necesidad: es un placer para el que, según Mathilde, siempre deberíamos reservar un hueco en la agenda… y en el estómago.
Así que no, el secreto del bienestar duradero no está en el último suplemento “milagroso” ni en la moda del momento. Quizás, simplemente, sea volver a lo básico, a lo que nuestra abuela sería capaz de reconocer sin levantar una ceja. ¡Menos ultraprocesados, más vida!